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viernes, 29 de abril de 2016

Música Medieval y Renacentista:Palestrina: Nigra Sum; Bruce Dickey, cornetto; Voices of Music.


Una bella obra de Palestrina (1525-1594), uno de los principales músicos renacentistas italianos, con el increible cornetista Bruce Dickey y miembros de Voices of Music.








 

Otras obras de Palestrina:
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Su exposición en este blog pretende ser un homenaje y una contribución a la difusión de obras dignas de reconocimiento cultural, sin ninguna merma a los derechos que correspondan a sus legítimos propietarios.
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lunes, 25 de abril de 2016

Grandes Obras (19): Ralph Vaughan Williams: Tallis Fantasia

Hace más de veinticinco años vi una película, “Remando al viento (1) que, sin ser una gran obra, me llamó mucho la atención. Seguramente lo que más me impactó en ese momento (aunque luego aprecié otras virtudes) fue la vinculación a determinadas imágenes de una música que no había escuchado hasta entonces y que, sin embargo, no era la “original” de la película sino que procedía de un compositor inglés –de música “culta”- al que por aquel entonces apenas conocía: Ralph Vaughan Williams (2).
Se trataba de la “Fantasía sobre un tema de Tallis” y su música acompañaba diferentes escenas del film empezando por una excelente introducción en la que los desoladores paisajes de un mar ártico semi helado eran presentados con los melancólicos compases de dicha música.
Un inicio musical que parecía abrir expectativas desconocidas, caminos a explorar pero necesariamente “líquidos”, brumosos, en los que nada se podía dar por seguro salvo la imperiosa necesidad de abrirse paso en busca de algo mejor. Esa música, interpretada solamente por instrumentos de cuerda, transmitía una sensación de profunda tristeza que casaba perfectamente con el desamparo de un paisaje estremecedor pero, a la vez, lleno de belleza. 
Me pareció –y me sigue pareciendo- una música extraordinaria.
Bastantes años después tuve la oportunidad de oírla de nuevo en otra película de muy diferente factura y temática: “Master & Comander(3).
Me resultaba difícil imaginar que una película de “guerra” pudiese ser ámbito adecuado para una música de este tipo, pero el compositor de la banda sonora supo ubicarla con maestría en dos momentos que parecían diseñados ex profeso: en el primero un muchacho caía al agua y era engullido por el mar desapareciendo su rastro oculto tras la niebla (al igual que en la película anterior esta música parece evocar inevitablemente referencias “líquidas”); en el segundo la música acompañaba una escena tras la batalla haciéndose eco del dolor de los heridos en una especie de improvisado bálsamo.
Sin duda el cine da la oportunidad de ver/escuchar en muchas ocasiones esa perfecta simbiosis entre imagen y sonido y parece evidente que la música de muchos compositores post-románticos como el que nos ocupa es idónea para el mismo (a pesar de lo que digan algunos ”puristas”) (4).
Vaughan Williams escribió esta partitura en 1910. Mientras trabajaba en “The English Hymnal” redescubrió los himnos y la obra sacra de Thomas Tallis (5), compositor del siglo XVI (época Tudor) y es, precisamente, de uno de estos pequeños himnos, de donde surgió la obra que consideramos.
La canción de Tallis es sin duda bella pero está muy lejos de la grandiosidad expansiva que transmite la obra de V. Williams.
El desarrollo que este autor efectúa de la melodía, el tipo de sonoridad que consigue al utilizar solo el cuarteto y la orquesta de cuerda, el duelo que se establece en algunos momentos entre violas, violines y chelos hace que su composición gane en expresividad y belleza tanto que, a veces, resulta difícil identificar el tema que la inspira aunque esté claramente presente (claro que por eso es una “fantasía”).
No se trata de desmerecer a Tallis – un gran compositor renacentista, por otra parte- sino reconocer la habilidad de Vaughan Williams en reconvertir un himno en algo todavía más profundo al pretender despertar en el oyente emociones que van mucho más allá de la mera solemnidad y entran en un terreno más íntimo, recóndito, que toca con sensibilidad el espíritu de cualquier oyente.
Vaughan Williams sentía fascinación por la mística y creo que esa fascinación resulta “contagiosa” porque al escuchar esta obra el “camino brumoso” que me ha sugerido en muchas audiciones -y en la visión de las películas comentadas-, bien pudiera ser el que tiene que recorrer el alma humana en su insaciable búsqueda.
La belleza de la melodía sin duda contribuye enormemente a ello pero, como he indicado más arriba, el tipo de instrumentos, su particular timbre y color ahondan en ello.
La popular Wikipedia nos informa de algunos aspectos “técnico-musicales(5): “La obra está compuesta para una orquesta de cuerda extensa, dividida en tres secciones:
 Orquesta 1: una orquesta de cuerdas completa, en el centro del escenario; 
 Orquesta 2: un atril de cada sección (lo ideal es que estén apartados de la Orquesta 1);
  Cuarteto de cuerda 
La estructura de esta obra es la siguiente: tras una breve introducción, suena el tema principal, que es repetido por toda la orquesta. A continuación, la música se desarrolla a partir del núcleo principal de la melodía o de fragmentos de ella, en forma de variaciones. Una segunda melodía, basada en la inicial, aparece en la viola solista, con la que se construye el clímax sonoro de la obra. Tras éste, vuelve a sonar la melodía principal en el violín solista, acompañado luego por el resto de la orquesta, hasta la coda con la que concluye la obra".

Hay muchas grabaciones en el mercado de esta obra con directores como Herbert von Karajan, Adrian Boult, Leonard Slatkin, la de Neville Marriner dirigiendo The Academy of Saint Martin in the Fields.... En  “Youtube” se pueden ver y escuchar excelentes interpretaciones como las efectuadas por la orquesta de la BBC en los Proms 2012 (majestuosa) o la de la Orquesta de Cámara de Aragón (Camarata de Aragón) bajo la dirección de Rolando Pruscar (más íntima).
(1)Remando al viento” es una película del recientemente fallecido director Gonzalo Suárez. Fue filmada en 1987 y contaba como protagonistas con unos entonces desconocidos Hugh Grant y Elizabeth Hurley. El argumento narra la conocida historia de cómo surgió la novela de Mary Shelley “Frankestein”: reunidos en una casa suiza, cercana a un lago, Byron, Shelley, su mujer y Polidori entretienen el tiempo apostando a ver quién es capaz de escribir el mejor relato de terror. Suárez demostró su maestría en una película atípica que si bien no ha superado con mucho éxito el paso del tiempo tuvo el incuestionable mérito de abrir el cine español hacia temas y escenarios que rara vez se tocaban.
Personalmente considero que hay escenas en esta película que todavía hoy mantienen una extraordinaria fuerza y belleza y que tanto el score original como la utilización en la banda sonora de la música que nos ocupa son realmente destacables.
En este link -de más de treinta minutos- se puede observar el valor “programático” y evocador de una música no pensada para el cine ni para ésta película pero que se adapta prodigiosamente a las imágenes que acompaña (o más bien los contrario: las imágenes acompañan a la música).
En el inicio de la película la música supera los cuatro minutos (de 0,20¨a 4´80¨). La frase que pronuncia la actriz –“donde no hay sombras los monstruos no existen”- refleja perfectamente lo que parece querer indicar también la música: un recorrido hacia la luz.
(2) Ralph Vaughan Williams (1872-1958).”Fue lector de historia y música en Cambridge y pasó tres meses en París con Ravel, lo cual le dio a su orquestación lo él definió como “un toque de lustre francés”. …. La irrupción del genio de Vaughan Williams surgió a mediados de la primera década del siglo, cuando empezó a recopilar y estudiar canciones populares inglesas. En aquel momento estaba publicando un nuevo libro de himnos, “El himnario inglés” (The English Hymnal), en el que participó con algunas hermosas composiciones propias, como “Sine nomine” (“Para todos los Santos”), en el estilo directo del siglo XIX; otras como “Hacia Ampney” o “La puerta del monje”, en la fluida expresión de la música popular. Su estilo empezó a reflejar sus característicos giros melódicos en el fraseo y su habitual gracilidad armónica. A menudo su música parece la contrapartida natural de la serena campiña y los bosques de Inglaterra. Pero en V.W. hay mucho más que esas bonitas fotos de postal. Al igual que a su amigo Holst, le interesaba el misticismo, en especial el de unos visionarios religiosos tan sólidos como Bunyan y William Blake.
Referencia: “La discoteca ideal” .Editorial Planeta. Barcelona 1993. Pág. 497/498.
(3)Master & Commander”. Película de Peter Weir rodada en 2003. Narra las peripecias del navío del capitán Jack Aubrey que es atacado por sorpresa por un buque francés. Desde mi
punto de vista es una gran película en la que el director muestra con precisión histórica la vida en un buque inglés de principios del siglo XIX que en su periplo, persiguiendo al mencionado buque francés, llega hasta las Galápagos. Quizás se podría haber “dibujado” más profundamente a los personajes pero desde luego éstos no son planos y transmiten formas de entender las vidas en esa época muy reales y certeras.
La excelente banda sonora, que incluye música de Corelli, Bach, Bocherinni y Vaughan Wi-lliams, contribuye a convertir la película en un magnífico espectáculo de época.
 (Ficha de la película)
http://www.youtube.com/watch?v=zzG4K2m_j5U
(Trailer)
(Tema de Bach)
(Tema de Corelli)
(Tema de Vaughan Williams)
(Tema de Bocherinni)
(Tema de Mozart)
(4) La relación de la música clásica con el cine viene desde sus inicios. El fenómeno de las bandas sonoras fue relativamente tardío y su verdadera eclosión se produjo ya bien entrados los sesenta. En cualquier caso resulta evidente la relación de muchos compositores de cine con los parámetros musicales propios del siglo XIX e inicios del XX sin quitar por ello valor a una música que en muchos casos alcanza un valor y una calidad excepcional.
(5) Thomas Tallis: “No se sabe mucho sobre sus primeros años, pero existe consenso en situar su nacimiento a principios del siglo XVI, hacia el final del reinado de Enrique VII de Inglaterra. Su primera designación como músico fue en el órgano del priorato de Dover en 1530-31, un priorato benedictino (actualmente, el Dover College), en 1532. Su carrera lo llevó a Londres, donde (probablemente en otoño de 1538) se desempeñó en la abadía de los Agustinos de Holy Cross en Waltham, donde residió hasta que la abadía fuera disuelta en 1540. Continuó ejerciendo en la Catedral de Canterbury, y finalmente en la Corte, como gentilhombre de la Capilla Real en 1543. Compuso y ejecutó obras para el rey Enrique VIII de Inglaterra, período en el cual escribió música para la Iglesia protestante de Inglaterra (Holman 201). 
También prestó servicios en la corte de los reyes Eduardo VI (1547-1553), María I (1553-1558) e Isabel I (1558 hasta la muerte del compositor en 1585).
Durante su período al servicio de los monarcas sucesivos como organista y compositor, Tallis evitó las controversias religiosas que estallaron a su alrededor. Tallis se casó hacia 1552; su esposa Joan le sobrevivió cuatro años. Aparentemente, no tuvieron hijos. Más tarde en su vida, vivió en Greenwich, probablemente cerca del Palacio Real; una tradición local refiere que vivió en Stockwell Street. 
Las obras más tempranas de Tallis que han llegado hasta nosotros son antífonas devocionales a la Virgen María, que fueron utilizadas fuera de la liturgia y que fueron cultivadas en Inglaterra hasta la caída del Cardenal Wolsey. Enrique VIII de Inglaterra rompió con el catolicismo romano en 1534 y el ascenso de Thomas Cranmer influenció de manera notable el estilo musical de la música que se escribía por entonces. Los textos quedaron confinados sobre todo al uso litúrgico. La escritura de Tallis y de sus contemporáneos se volvió más severa. La Misa para cuatro voces de Tallis está marcada por una tendencia a un estilo silábico con uso de acordes, y un uso menos frecuente del melisma. Tallis utiliza una variedad rítmica y distintos humores según el significado de sus textos. Según otro autor, Tallis ayudó a encontrar una relación específica a la combinación entre texto y música.
La liturgia Reformada Anglicana fue inaugurada durante el corto reino de Eduardo VI (1547-1553), y Tallis fue uno de los primeros compositores de música religiosa que escribió motetes con textos en inglés, pese a que el latín continuó siendo usado. La reina María Tudor, católica, se empeñó en deshacer las reformas religiosas de las décadas precedentes. Luego de su llegada al trono en 1553, el rito romano fue restaurado y el estilo de los compositores volvió a la escritura elaborada que prevalecía a principios de siglo.
Dos de las obras mayores de Tallis, Gaude gloriosa Dei Mater y la Misa de Navidad Puer natus est nobis son consideradas como pertenecientes a este período. Solamente Puer natus est nobis puede ser datada con precisión en 1554. Siguiendo la práctica predominante de la época, estas piezas tenían como objetivo exaltar la imagen de la Reina, así como alabar a la Madre de Dios.
Elisabeth I sucedió a su hermanastra en 1558, y en el acta llamada en inglés Act of Settlement, publicada al año siguiente, abolió la liturgia romana y estableció con firmeza el uso del Libro de la Plegaria Común (Book of Common Prayer). Los compositores de la corte volvieron a componer aires en inglés, pese a que la práctica de escribir textos en latín continuó existiendo.
La corriente predominante en Inglaterra a principios del reino de Elisabeth I apuntaba al puritanismo, el cual desalentaba la polifonía litúrgica. Tallis escribió nueve salmos, cantos para cuatro voces para el arzobispo Matthew Parker, el Psalterio, publicado en 1567. Uno de los nueve psalmos, el "Third Mode Melody" inspiró en 1910 la composición de Ralph Vaughan Williams “Fantasia on a Theme of Thomas Tallis”.
Las obras más conocidas de Tallis del período isabelino incluyen las Lamentaciones del profeta Jeremías (Thomas 136), destinadas para el servicio de Semana Santa, y el motete Spem in alium, escrito para ocho coros a cinco voces (Barber 34). Se piensa que este motete a 40 voces fue parte de la celebración del cuadragésimo aniversario de la Reina, en 1573.
Hacia el fin de su vida, Tallis resistió a la tentación de desarrollar una música como la de sus jóvenes contemporáneos, como William Byrd, quien adoptó un estilo complejo y utilizaba textos combinando citas dispares de la Biblia. Los experimentos de Tallis durante este período pueden ser considerados como más bien inusuales. Tallis se contentaba con extraer sus textos de la Liturgia, y escribió para los servicios (worship) de la Capilla Real. En 1543, probablemente haya comenzado a servir a tiempo completo como miembro de la Capilla Real. Más tarde, la Capilla Real se convirtió en un establecimiento protestante. Tallis fue considerado por igual por católicos, protestantes e incluso pragmáticos religiosos, como uno de los suyos. La reina Mary le confirió el usufructo de una mansión señorial en Kent, la que le proveyó una entrada anual confortable (Holman 24). En 1575, Elizabeth I le confirió a él y a William Byrd un monopolio de veintiún años para la música polifónica, así como una patente para imprimir y publicar música, lo cual constituyó uno de los primeros acuerdos de ese tipo en el país.
El monopolio de Tallis abarcaba canciones en partes, y era capaz de componer en inglés, latín, italiano o cualquier otra lengua, mientras fueran utilizadas en la iglesia o en la cámara. Tallis tenía derechos exclusivos para imprimir todo tipo de música, en cualquier idioma.
En virtud del monopolio de 1575, sólo él y Byrd estaban autorizados para usar el papel utilizado para imprimir música. Tallis y Byrd emplearon el monopolio para producir Cantiones quae ab argumento sacrae vocantur, pero la obra no se vendió bien, y tuvieron que llamar a la Reina Elisabeth I para que les prestara su apoyo.
Tallis y Byrd pudieron trabajar para dos religiones opuestas, siempre y cuando sus convicciones no interfirieran en su trabajo (Lord 135). Tallis continuó siendo respetado aún en medio de una sucesión de movimientos religiosos opuestos, y rechazó por igual la violencia desencadenada entre católicos y protestantes (Gatens 181). Tallis tuvo que superar un período difícil durante ese tiempo, y su música refleja la agitación de la época (Gatens 181).
Thomas Tallis falleció pacíficamente en su casa de Greenwich, en 1585 el 20 o tal vez el 23 de?. Fue enterrado en el (chancel) de la parroquia de St Alfege's Church. Byrd escribió la elegía fúnebre Ye Sacred Muses en honor de Tallis·

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Texto:  Javier Nebot

sábado, 23 de abril de 2016

Opinión personal (60): Breves pautas para la autorrealización (según A. Maslow). (2º de 2)

Hacia pautas de autorrealización.
Cuando Abraham Maslow (1) empezó a trabajar sobre la autorrealización, optó por usar a sus alumnos universitarios como “conejillos de indias”. Lógicamente, antes de buscar a aquellos individuos que diesen señales de ciertos niveles de autorrealización, estableció los criterios básicos de la misma. Una serie de parámetros que, según él y sus colaboradores, debían identificar a toda persona más o menos autorrealizada. Estudiaron a casi tres mil estudiantes, pero los resultados obtenidos fueron más desconcertantes de lo que esperaban: solo dos o tres cumplían todos los requisitos y condiciones marcadas como referenciales de la autorrealización y solo unos pocos más se acercaban, aunque no entraban, en esa especie de paradigma de plenitud.
¿Qué es lo que pasaba? ¿Estaban mal determinados los requisitos? Para Maslow la autorrealización implicaba muchas condiciones previas y, también, un ambiente cultural favorable. Para él una persona autorrealizada era aquella que podía considerarse como plenamente desarrollada, en un funcionamiento pleno y con plena realización de sus posibilidades genéticas.
Después de muchos cuestionamientos Maslow llegó a la conclusión de que, para desarrollar y vivir ese nivel de excelencia se requiere de una experiencia y de una trayectoria que no podía darse –salvo contadas excepciones- en la juventud, sino más, en las edades medias del individuo o, incluso, más adelante. Eso le hizo concluir que autorrealización y desarrollo sano eran cosas distintas ya que la primera es, prácticamente, el resultado deseable y final del segundo. Todos podemos estar de acuerdo en que uno de los indicadores de un desarrollo poco sano es la falta de madurez; si un joven de treinta años se comporta como un adolescente de dieciséis tendremos la sensación de que hay algo que no funciona de manera idónea; igualmente, si un individuo de sesenta manifiesta veleidades propias de un joven de veinte años nos chirrían sus actitudes: en ambos casos sabremos que algo está atascado, que no ha conseguido su normal evolución.
Alcanzar la plenitud psicológica implica un adecuado desarrollo psico-biológico (que se produce más o menos “de serie”, a pesar de las diferencias específicas de cada uno) y, también, la confrontación y superación de determinadas experiencias que se constituyen, de esta manera, en requisitos necesarios para la maduración y, por tanto, para la posterior autorrealización.
Desde luego no quiero decir con esto que todo el mundo deba pasar por el mismo tipo de experiencias para madurar y desarrollarse, pero sí parece evidente que no forjarse en según qué vivencias puede ralentizar algunos procesos.
No hace falta mirar demasiado lejos cuando la crisis, por poner un ejemplo cercano y general, ha hecho que muchos jóvenes permanezcan en la casa de los padres más allá de los treinta años y no solo eso, sino que permanecen –en muchos casos- sin experiencia ni “fogueo” laboral. ¿No se produce una curiosa “infantilización” del individuo, que lo aleja del desarrollo convencional?
Sin duda habrá excepciones, pero es habitual hoy en día ver “retrasos” en asumir muchos papeles (sociales, biológicos) que pueden provocar desajustes en el desarrollo del individuo hacia la lógica autonomía personal que es “conditio sine qua non” para vivenciar la plenitud.
Para conseguir cierta madurez deben vivirse, necesariamente, determinadas experiencias.
Si nos comparamos con otras sociedades más arcaicas o (mal llamadas) primitivas, fácilmente podremos observar que sus jóvenes se hacen mayores, más adultos, a una edad más temprana. Han efectuado un paso iniciático hacia la madurez de forma más radical, más efectiva (no pretendo una defensa en sí de ese tipo de procesos, segu-ramente no aplicables a nuestras sociedades, sino constatar la diferencia de tempos).
El matrimonio o la vida de pareja, así como la maternidad/paternidad, otorgarán unas determinadas experiencias difíciles de obtener de otro modo. Desde luego el matrimonio/pareja no constituye un requisito para la realización pero podría serlo para aquellos que experimentan la necesidad de tal tipo de realización. Parece evidente –aunque haya muchas excepciones- que en una situación familiar las decisiones ya no pueden seguir basándose solo en las consideraciones personales, lo que implicará un posicionamiento más abierto a otras posibilidades.
También la experiencia laboral marca perspectivas y enmarca las posibilidades de actuación futura ya que en el trabajo se aprende a saber qué se puede y qué no se puede esperar del mismo, lo que nos va determinando hacia un cierto “lugar en la vida”.
El trabajo nos puede ayudar en el proceso de realización (con todas las excepciones que se quiera, más en estos tiempos en los que las condiciones laborales se precarizan e imponen serios límites a la posibilidades reales de supervivencia económica) puesto que, sin duda, es uno de los aspectos más importantes de la vida, pero crearse expectativas ilusorias al respecto puede contribuir a ser más un obstáculo que un elemento de plenitud.
Parece evidente que la vida nos enfrenta a situaciones que debemos ir resolviendo y a necesidades y objetivos que vamos cumplimentando. A medida que pasamos a una posición mejor para conseguir los objetivos que nos hayamos marcado, veremos las cosas de otra forma y, entonces, nos parecerá igual de evidente que cuando vamos satisfaciendo nuestras necesidades básicas, otras ocuparán su lugar en un proceso de tensión constante hacia una determinada autorrealización.
Aquí resulta ineludible mencionar la archiconocida teoría de Maslow sobre la jerarquía de las necesidades: según ésta, el proceso de autorrealización sólo puede tener lugar cuando están satisfechas las necesidades básicas inferiores (las fisiológicas, las de seguridad, las de afecto, afiliación y aprecio) y muchas de estas se cumplimentarán paulatinamente, al transcurrir de los años (lo cual explicaría por qué encontró tan pocos jóvenes que consiguieron el perfil que él buscaba). Las expectativas y las posibilidades no son realidades y sólo cuando estas se materializan se puede ir constatando el paso a otros niveles de desarrollo.
Vamos a examinar de manera sucinta aquellos rasgos que Maslow consideraba claves en los individuos autorrealizados. Son rasgos propios de personas sanas aunque su estudio le llevó también a la conclusión de que, para propiciar la autorrealización, era imprescindible efectuar cambios, no solo a un nivel personal, sino también, en el social-institucional (enseñanza, economía, incentivos de trabajo etc; en este sentido M. C. Nussbaum (2) mantiene hoy en día tesis similares dignas de ser estudiadas.), de modo que se pudiera estimular, y no entorpecer, el desarrollo y buen funcionamiento de la personalidad. Maslow consideraba también que el conocimiento profundo de los individuos más sanos nos ayudaría a aprender sobre las condiciones óptimas de desarrollo.

Rasgos de las personas autorrealizadas según Maslow.
Maslow recibió en su momento, como ya he mencionado anteriormente, algunas críticas por su metodología (no suficientemente representativa y homologable para algunos colegas) pero creo que lo obtenido después de muchos estudios y replanteamientos resulta válido a la luz de estudios posteriores aunque, evidentemente, no se puedan sacralizar sus conclusiones.
Los “rasgos” que nuestro autor encontró como característicos de las personas realizadas fueron los siguientes:
1) Una percepción más eficaz de la realidad. Las personas realizadas demostraron tener el don de la ecuanimidad. Expuestas a situaciones complejas eran capaces de juzgar las cosas sin prejuicios o distorsiones subjetivas evitando caer en juicios o comportamientos que sesgasen excesivamente sus respuestas a los hechos. Extraían con más facilidad las implicaciones de los hechos básicos y se posicionaban más como observadores neutros, percibiendo, por tanto, las cosas como son sin deformaciones previas. Las personas realizadas, según Maslow, podían tolerar mejor la incertidumbre y la ambigüedad.
2) Aceptación del yo y de los demás. Las personas realizadas demostraron tener la capacidad de aceptar a los demás y a sí mismos como eran, lo cual parece una consecuencia lógica del planteamiento expuesto en el punto primero. La forma más elemental de aceptación es, sin duda, la satisfacción consigo mismo, aunque lejos de narcisismos o autoestimas distorsionadas. Maslow consideraba  también en este sentido que las personas autorrealizadas suelen carecer de timidez o sentimientos de culpabilidad y también de la “dudas” tan habituales en las personas corrientes. Quizás no consiguiesen sus ideales, pero no por eso se aceptarían menos a sí mismos. 
Este tipo de personas no pretendían ser otras personas aunque si se mostraron capaces de percibir la realidad de sus propios defectos, intentando a la vez construir a partir de la mejora de los mismos.
3) Espontaneidad, simplicidad, naturalidad. Parece que era común encontrar una evidente naturalidad en todas las personas sanas. Una sencillez no estudiada. Además en todos los casos demostraron ser capaces de elaborar sus propios sistemas de valores y eran estos los que influían sobre sus conductas. Tanto sus opiniones, creencias como sus mismas conductas parecían estar determinadas por esa coherencia interna más que por las creencias culturales predominantes en su espacio socio/geográfico o por las presiones ejercidas por su entorno más inmediato. 
Maslow recalcó que no por ello iban de “anti” nada, al contrario, muchas veces optaban por adaptarse a las situaciones de tal manera que se minimizasen posibles conflictos y no causaban molestias a los demás. Sus vidas eran muy muchos puntos sumamente autosuficientes y también individualistas ya que, hasta cierto punto, permanecían ajenas al medio ambiente cultural. De esta manera se producía la curiosa coincidencia de que las personas realizadas, de ambientes culturales diferentes, eran mucho más parecidas entre sí que las personas corrientes de los mismos medios: No se daba un temor a ser uno mismo, libres de prejuicios y asentados en valores propios -pero acrisolados- sucedía más bien todo lo contrario: partían de tener confianza en sus sentimientos y en los actos que realizaban cara a otros individuos.
4) Centrados en problemáticas externas. Maslow observó que los sujetos realizados mostraban un cierto sentimiento de “misión” que dotaba sus trabajos o actividades de una motivación especial, más allá de la propia satisfacción interna (pero sin olvidarla, claro). 
Centraban su actividad en problemas fuera de sí mismos y enfocaban su vida cara a la solución de problemas, superando las lógicas frustraciones temporales, pero teniendo clara su determinación hacia la consecución de sus objetivos. Tendían a una cierta identificación con su trabajo y se volcaban en él ya que encontraban conexión con su motivación profunda (3).
5) La necesidad de intimidad. La mayoría de las personas corrientes prefieren no estar a solas demasiado tiempo porque no son capaces de manejar adecuadamente los tiempos consigo mismas, en cambio Maslow observó que las personas realizadas necesitaban de intimidad y soledad y gozaban de ellas. Al no necesitar “pegarse” a otros eran capaces de disfrutar más libremente de la amistad.
6) Autonomía. Las personas sanas presentaban para Maslow claras muestras de autosuficiencia. Una palabra que quizás suene excesiva, pero que, en el contexto presente, implica una capacidad para soportar las presiones ambientales, de no estar dependiendo por completo de las condiciones que nos marque el medioambiente. Maslow estableció una importante distinción entre las personas motivadas por la deficiencia y aquellas otras que estaban motivadas por el desarrollo. 
Las primeras necesitaban tener a otras personas disponibles para sí porque la satisfacción de sus necesidades de afecto, seguridad, prestigio etc. sólo podía provenir del reconocimiento que recibiesen de los demás, mientras que, en sentido contrario, las personas que estaban básicamente motivadas por el desarrollo, aunque pudieran verse limitadas o impedidas por otras, no dependían de esa disponibilidad de los demás ya que sus elementos determinantes de satisfacción eran mucho más internos que sociales.
7) Apreciación continúa. Para Maslow las personas realizadas apreciaban una y otra vez las satisfacciones que les ofrecía la vida sin que la repetición fuese motivo de desinterés.  Fue capaz de descubrir en ellas una capacidad para apreciar aquello de lo que disponían sin que el deseo de cosas o experiencias nuevas les llevase a desdeñar lo que ya tenían. El buscar otras cosas no debería implicar el dejar de valorar lo que ya se tiene.
8) Experiencias místicas o experiencias cumbre. Maslow descubrió en los sujetos realizados que poseían convicciones firmes en un sentido que podría denominarse religioso, pero no tal y como lo entendemos la mayoría de nosotros ya que descubrió que, en ocasiones, tenían experiencias que no dudó en considerar místicas, o, por su agudeza e intensidad, “cumbres”: aquellas en las que se producía una cierta pérdida del yo o trascendencia del mismo, una concentración intensa y un auto-olvido (la descripción de Maslow de estos estados recuerda mucho el proceso de “fluir” descrito por M.Csikszentmihalyi ).
9) Sentimiento de comunidad. Para Maslow los sujetos sanos y realizados parecían identificarse con cualquier ser humano con un desarrollado sentido de empatía: experimentaban comprensión y simpatía hacia otros que podrían no estar tan desarrollados como ellos mismos. No era exactamente una actitud de “paternalismo”, que tendría obvias connotaciones de superioridad, sino, más bien, como la de un “hermano mayor”, más predispuesta hacia la comunicación que hacia el adoctrinamiento. En cualquier caso la persona desarrollada, aunque anhele la compañía de otras personas a las que considere iguales y con las que consiga un mayor grado de conexión, es capaz de experimentar simpatía e interés por los demás.
10) Relaciones personales. Los autorrealizados analizados por Maslow tendían más a limitar sus amistades a unos pocos que a buscar un amplio círculo de relaciones.
11) Carácter tolerante. Las personas sanas, según Maslow demostraban tener una alta capacidad para la tolerancia y la aceptación de ideas y planteamientos diferentes, ya fuese en el plano político, religioso, social o profesional. Eran capaces de no ponerse a la defensiva si alguien tenía algo que enseñarles y no trataban de afirmar constantemente su superioridad; la superioridad ajena se apreciaba, no se vivía como una amenaza.
12) Sentido del humor no hostil. Son muchos los que han considerado el sentido del humor, no solo como algo necesario para vivir bien, sino como una de las características de las personas inteligentes (4). Maslow observó que, si en ocasiones el humor convencional se centraba en la exteriorización de hostilidad hacia lo diferente o en la ridiculización de impulsos prohibidos, en las personas realizadas era distinto, más sutil, centrado en las discrepancias entre aquello que es y lo que debería ser.
13) Creatividad. Para Maslow la creatividad no era tanto la creación de realizaciones notables de determinadas personas con destacados talentos como la inventiva, la originalidad, la espontaneidad y la frescura de sus enfoques. Para él era una actitud del espíritu más allá de los encorsetamientos propios de determinadas culturas o ámbitos.
14) Resistencia a los aspectos negativos de la cultura. Uno de los posibles “problemas” al leer las características de realización o de las personas realizadas de Maslow es que todo parecen parabienes o “perfecciones”: da la sensación de que estemos ante la descripción de una especie de “George Cloony” psicológico inalcanzable para el común de los mortales, pero esas características implican, en muchas ocasiones, un cierto enfrentamiento al medio. Las personas realizadas no eran siempre el paradigma de la perfecta integración (como sería para algunos el arquetípico eneatipo tres (5)), del extrovertido simpático que cae bien a todo el mundo (¡qué miedo!) y, de hecho, se les consideraba muchas veces como excéntricos o, incluso, antisociales. La auto-suficiencia que vivían resultaba molesta u ofensiva para todas aquellas personas que no toleraban la independencia o la valía de otros.
15) Integridad de la personalidad. Aun teniendo en cuenta lo dicho en el epígrafe anterior, las personas sanas no experimentaban fragmentación de la personalidad. No había en ellas oposiciones ni conflictos (entre impulsos básicos y conciencia, entre egoísmo e ideales, entre impulsos infantiles y conducta adulta). Además, y esto me parece especialmente reseñable a los efectos que nos ocupan, eran capaces de trascender divisiones que las personas corrientes vi-vimos como una clara oposición: trabajo y juego, masculinidad y feminidad, racionalidad y emocionalidad no eran para ellos cualidades opuestas sino todo lo contrario, aspectos que se complementan; buscaban la integración más que la polarización. Por ejemplo, un hombre varonil podrá poseer cualidades femeninas o viceversa rompiendo muchos de los tópìcos al respecto que han predominado socio-culturalmente; esto demostraba, por lo tanto, una comprensión vivencial de aspectos que para muchos están determinados por las pautas vigentes, de forma global, en la civilización en la que están inmersos.
Maslow desarrolló estos puntos en diversos foros y diferentes publicaciones. Posteriormente la psicología transpersonal ha ido matizando algunos puntos de vista y desarrollando otros que complementan las tesis expuestas.

Conclusiones.
¿Una psicología de la perfección? 
Reconozco que, en ocasiones, al leer a Maslow, uno tiene la misma sensación que cuando se lee a Goleman y sus tesis sobre la inteligencia o a M.Csikszentmihalyi y sus análisis sobre el “fluir”: Si, todo muy bien, pero ¿es posible extrapolar consecuencias para el ciudadano de “a pie”?. 
El porqué de la pregunta se justifica ante la ligera intuición de que todos estos autores parecen partir de la base de un ideal previo (en el caso de Maslow es manifiesto) al que solo llegan unos pocos elegidos. No cabe duda de que, como objetivo hacia el que tender, parece lógico y deseable aspirar hacia esas pautas ya que el ser humano cuenta con una extraordinaria capacidad de automotivación y un anhelo casi inmarchitable de mejora (6), pero iniciaba este trabajo insistiendo en la obviedad de que, si nacemos para morir, el meollo está, precisamente, en desarrollarse plenamente, en activar todas las potencialidades, mientras dure dicho trayecto y es allí donde cobra valor y sentido hablar de un camino.
La meta no puede ser nunca un obstáculo sino, más bien, el punto final de un proceso
Es precisamente en este sentido de proceso donde los rasgos de Maslow pueden constituir una poderosa herramienta de auto-cuestionamiento y desarrollo ya que se pueden utilizar como preguntas con las que interrogarse, con las que evaluar en qué momento estamos y no solo como características que tienen otros que ya han finalizado su proceso. Como bien señalaba Sócrates en su aforismo, una vida debe examinarse, cribarse constantemente, para dotarla de sentido. 
Desde luego eso no implica permanentes rumiaciones neuróticas, no; pero, como sí es necesario cuestionarse, evaluarse y confrontarse, resulta útil, para salir del excesivo subjetivismo o para evitar caer en vuelos demasiado rasos, contar con lo investigado por expertos. 
Los rasgos de Maslow no pueden divinizarse (nada debería divinizarse) como si solo existiese un único camino de autorrealización pero no cabe duda de que sus planteamientos – y los de toda la psicología trans-personal- pueden facilitarnos y propiciar una “andadura” más plena. 
Iniciar una terapia puede ser motivo de desasosiego para la mayoría por las resonancias negativas que le otorgamos al hablar de desequilibrios psicológicos, pero podría ser un buen camino en el sentido transpersonal, más si cabe, cuando vivimos en una sociedad especialmente neurótica que contribuye mucho más a la alienación de sus miembros que a mostrar caminos de autorrealización. En cualquier caso las decisiones de cómo y cuándo empezar un camino de transformación quedan siempre en el terreno de la más absoluta intimidad y solo uno mismo debería ser el que decida si se recorre o no. Claro que el tiempo pasa y la muerte acecha…………….

Todas las imágenes y/o vídeos que se muestran  corresponden al artista o artistas referenciados.
Su exposición en este blog no supone ninguna merma a los derechos que correspondan a sus legítimos propietarios.
En ningún caso hay en este blog interés económico directo ni indirecto.
Texto:  Javier Nebot


Notas:
(1). El libro base de este capítulo ha sido la obra de Maslow “El hombre autorrealizado”, referenciado en la bibliografía.
La indagación en videos no ha aportado nada de especial interés a este respecto porque lo expuesto en la red sobre Maslow son visiones bastantes limitadas y muy centradas en su famosa pirámide de necesidades.
(2). Martha C. Nussbaum. En la bibliografía menciono algunos de sus libros, al menos lo consultados a la hora de confeccionar este trabajo.
(3). En este sentido, las investigaciones mucho más recientes de M.Csikszentmihalyi apuntan en el mismo sentido.
(4). Abunda en esta tesis José Antonio Marina, especialmente en su libro “Elogio y refutación del ingenio”, aunque también en “Inteligencia creadora
(5). En el sistema de análisis caracterológico conocido como Eneagrama, el eneatipo tres representa al poseedor de características más apreciadas en nuestra presente civilización “comercial”. Claudio naranjo, en su libro “Carácter y neurosis”, demuestra como el eneatipo tres, al ser el más abundante y valorado entre los ciudadanos estadounidenses, no aparece en sus aspectos patológicos en el DSM, al contrario del resto de los ocho eneatipos.
(6). Auto-motivación y espíritu de mejoras que, si se estimulan y desarrollan adecuadamente, pueden movilizarse hacia metas en principio insospechadas: en esto estoy plenamente de acuerdo con las tesis de Csikszentmihalyi en el plano individual y con las de Martha C Nussbaum en el social.

Bibliografía:
Artaud, A. Conocerse a sí mismo. Barcelona. Herder, 1987.
Bettelheim, B. Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Barcelona. Crítica/Drakontos, 1994.
Blay, A. Curso de psicología de la autorrealización. Barcelona. Índigo, 1992.
Blay, A. La personalidad creadora. Barcelona. Índigo, 1992.
Csikszentmihalyi, M. Fluir (Flow), una psicología de la felicidad. Barcelona. Kairós (De-bolsillo), 2009.
Csikszentmihalyi, M. Aprender a fluir. Barcelona. Kairós (Debolsilo), 2010.
Gebser, J. Origen y presente. Girona. Atalanta, 2013
Goleman, D. Inteligencia emocional. Barcelona. Kairós, 1996.
Goleman, D. La práctica de la inteligencia emocional. Barcelona. Kairós, 1996.
Hillman, J. El pensamiento del corazón. Madrid. Siruela, 2005
Harpur, P. La tradición oculta del alma. Girona. Atalanta, 2013.
Huxley, A. La filosofía perenne. Barcelona. Edhasa, 2010.
Lachman, G. Rudolf Steiner. Girona. Atalanta, 2012.
Lachman, G. Una historia secreta de la consciencia. Girona. Atalanta, 2013.
Marina, J.A. Teoría de la inteligencia creadora. Barcelona. Anagrama, 2012.
Maslow, A. La personalidad creadora. Barcelona. Kairós, 1982.
Maslow, A. El hombre autorrealizado. Barcelona. Kairós, 1987.
Moore, T. El cuidado del alma. Barcelona. Círculo de lectores, 1994.
Naranjo, C. 27 personajes en busca del ser. Barcelona. Ed. La llave, 2012.
Naranjo, C. Carácter y Neurosis. Vitoria. Ed. La llave, 1994.
Nussbaum, M.C. Crear capacidades. Madrid. PAIDÓS, 2012.
Nussbaum, M.C. Sin fines de lucro. Madrid. Kazt Ediciones, 2010.
Pascal, E. Jung para la vida cotidiana. Barcelona. Ediciones Obelisco, 2005.
Reiter, U. Autorrealización. Caminos hacia uno mismo. Bilbao. Mensajero, 1985.
Rogers, C. El camino del ser. Barcelona. Kairós, 1980.
Rushkoff, D. Coerción. Por qué hacemos caso a lo que nos dicen. Barcelona. La liebre de Marzo, 2001.
Wilber, K. La conciencia sin fronteras. Barcelona. Kairós, 1989.

miércoles, 20 de abril de 2016

Opinión personal (59): Breves pautas para la autorrealización (según A. Maslow) (1º de 2)

Hablar de salud es hablar -necesariamente- de un territorio inmenso en el que fructifican todo tipo de posibilidades de bienestar.
Seguramente sea esta último término –bienestar- el que confiere a todas las posibles discusiones al respecto, ya sean terminológicas o ideológicas, el punto clave de arranque a la hora de determinar qué es lo que entendemos realmente cuando hablamos de “salud(1).
En cualquier caso, sean cuales sean los planteamientos sobre los que uno parta, hablar de salud implica hablar de desarrollo, de plenitud.
Si podemos reconocer -sin miedo a equivocarnos- que nacemos para morir también podemos afirmar con la misma seguridad que en ese lapso de tiempo que existe entre el inicio y el final todos confiamos en prosperar de forma acorde a nuestra naturaleza. Eso implica alcanzar un punto máximo de apogeo e iniciar –nos guste más o menos- un declive paulatino que todos preferiríamos que estuviese, en lo posible, exento de malestar.
Este recorrido natural, si se produce sin percances o accidentes, debería ser un recorrido de y con salud. Cuando se manifiestan dificultades, problemas, hándicaps en ese desarrollo, podemos hablar, en general de “falta de salud” o “problemas de salud” o de enfermedad.
Como la variedad de circunstancias que pueden torpedear el camino hacia la plenitud de cualquier ser vivo es enorme, hablamos de diferentes tipos de salud, y vamos ampliando constantemente su conceptualización a medida que tomamos conciencia de los diversos planos en los que nos desarrollamos como seres vivos (el plano físico, el mental/psicológico, el espiritual, el social etc.), sin olvidar la necesidad que todos sentimos de encontrar el adecuado equilibrio entre todos ellos; de ahí la “inmensidad” a la que me refería al principio; de ahí la necesidad de acotar, de fijar algunos límites, a la hora de analizar los entresijos de lo que convenimos en llamar “salud”, si no queremos perdernos en un terreno lleno de mil matices y, por lo tanto, de problemáticas diferentes.
Para este post –limitado por su propia naturaleza- quisiera reflexionar sobre algunos aspectos de esa ansiada plenitud que todos quisiéramos y, más concretamente, sobre las posibilidades de autorrealización en los aspectos psicológicos del desarrollo.
Me parece que casi todos somos conscientes de que llegados a una determinada edad las pautas que nuestra sociedad nos impone implican un cierto “retiro (2): Alrededor de los 65 años se produce la jubilación más o menos forzosa (o más o menos deseada) del mundo laboral; ello implica una reubicación de prioridades vitales; también, muy probablemente, el inicio de determinadas formas de consumo que están claramente vinculadas a la disponibilidad de tiempo que conlleva la inactividad laboral .....pero, simultáneamente, debemos afrontar –a un nivel más personal- los primeros malestares específicos del deterioro general de la salud, producto del inexorable paso del tiempo, una nueva valoración social con muchos tintes de pasividad, y una búsqueda de sentido más allá de los roles estereotipados que quieran imponernos.
Sin duda, todo ello nos obligará a replantearnos no solo el cómo vivir a partir de esas circunstancias nuevas e incuestionables sino, también –al menos a algunos-, a evaluar lo que ha sido el camino recorrido hasta ese momento y decidir cómo afrontar lo que nos espera dentro de unos adecuados parámetros de salud (aquí mencionada en un sentido muy amplio) y bienestar.
Algunos expertos hablan de que, precisamente a partir de esa barrera de los 65 años (aprox), se presenta una fase de introversión, introversión que algunas culturas como la hindú prefieren denominar “etapa mística” (aunque esa denominación sea. posiblemente, demasiado imprecisa para una civilización como la nuestra).
Parece que, queramos o no, nuestros sentidos optan por un repliegue, se cierran al exterior: perdemos oído, vista, movimiento….. Es evidente que debemos hacer algo de forma consciente para minimizar ese impacto y cuidarnos. El cuerpo ya no se cuida solo, la capacidad de recuperación es mucho más lenta, si es que se da.
 Paralelamente, en nuestro interior -piensan algunos expertos- pueden encontrarse las herramientas para prepararnos a los cambios que nos aguardan.
Deberemos –insisto- evaluar y decidir si optamos por el estancamiento o por la evolución, por la “ranciedad” o por la generatividad.
¿Estamos a tiempo de potenciar la autorrealización?
Abraham Maslow, psicólogo de reconocido prestigio y uno de los iniciadores de la psicología transpersonal, escribió, hace ya unas décadas, un libro al respecto cuyas pautas me parecieron (y me siguen pareciendo) interesantes.
Considero que siguen teniendo vigencia a pesar del transcurrir de los años y por eso quisiera hacer referencia a ellas  en este post en el blog, siquiera sea brevemente.

 Psicología Transpersonal.
Para situar la psicología transpersonal -en donde se ubica, como antes he mencionado, la figura señera A. Maslow (3) - podemos improvisar un pequeño “ranking” de movimientos o escuelas psicológicas. Si durante mucho tiempo se consideró al conductismo como la “primera fuerza” psicológica, podríamos considerar como la “segunda” al psicoanálisis freudiano, como la “terceraa la corriente del potencial humano y como la “cuarta” la que nos ocupa, la transpersonal.
Como todas las clasificaciones, ésta tiene sus partidarios y sus detractores (todo depende de a quién se pregunte) pero como no está en mi ánimo entrar en polémicas academicistas sino, simplemente, situar esta corriente psicológica, la clasificación nos ayudará a hacernos una idea de cómo la psicología transpersonal supuso un cambio de percepción en las movimientos psicológicos imperantes.
Desde luego no fue muy bien vista en sus orígenes: la tendencia a entender la psicología como camino de sabiduría no casaba precisamente con los afanes de reconocimiento científico que ésta perseguía. Influenciada además por la filosofía perenne (4) la psicología transpersonal hablaba de “alma” y otros conceptos similares que, sin duda, se pretendían erradicar del lenguaje propio de una ciencia. Aldous Huxley (5) hablaba incluso de tradición “esotérica” y vinculaba muchas cuestiones de desarrollo humano con la parte más profunda de algunas religiones lo que, evidentemente, no era del agrado de aquellos que consideraban esos terrenos como elementos de superstición más que de desarrollo o sabiduría.
La tradición esotérica nos dice que venimos de un Ser único, que vivimos en una especie de somnolencia que nos impide tener conciencia de nuestro origen aunque considera que, sin embargo, podemos acceder a él, pero no mediante el conocimiento convencional, sino recordando nuestra verdadera identidad (en una línea de clara inspiración socrático-platónica).
Tanto la mística cristiana, como las tradiciones budistas o los yogas de la India insisten en que el verdadero objetivo consiste en realizar el Atman.
Muchos de los psicólogos que se acogieron y desarrollaron la psicología que nos ocupa hablaban de realizar el self, el centro profundo del ser, más allá de la clásica división entre consciente e inconsciente. La mayoría de las formas de psicoterapia vigentes hasta hace muy poco pretendían enseñarnos a adaptarnos, a enraizarnos de la mejor forma posible en nuestro entorno, a fortalecer el yo en lugar de trascenderlo.
Se consideraban patológicas conductas, vivencias y emocionalidades que no se acomodasen a una determinada “normalidad” promedio. Por no hablar de los constantes intentos de algunos psicólogos y psiquiatras de patologizar gran cantidad de conductas humanas
con el deseo –más o menos inconsciente- de dar a cada “problema” una solución “tipo” (y si podía ser en forma de pastilla comercializable, mejor) (6).
Sin embargo, la psicología transpersonal se alejaba de los parámetros habituales y pretendía una lectura de la vida y de la enfermedad más omnicomprensiva, a la vez que indagaba para encontrar elementos de desarrollo personal mucho más holísticos y no necesariamente vinculados a la idea de enfermedad como elemento contrario a salud.
La palabra “transpersonal” (del latín trans, “a través de” y persona, “máscara”) se adoptó para reflejar una perspectiva abierta y compleja: la de aquellas personas que, a través de técnicas de meditación y otras prácticas de autoconocimiento, experimentaron estados de conciencia que trascendían los límites reconocidos al ego y –en ocasiones- los límites ordinarios de espacio/tiempo. La palabra transpersonal también fue entendida por algunos como una especie de amalgama entre “trascendental” y “personal” y, desde mi punto de vista, no está mal entendido porque sí es cierto que el camino iniciado por los adalides de este movimiento pretendía ayudar a integrar lo trascendental o espiritual con las dimensiones personales de la existencia.
Como no es este el espacio para profundizar en los orígenes y posterior desarrollo de la psicología transpersonal parece prudente, más que debatir sobre su definición o sobre sus primeras expresiones, mencionar a aquellos que, con sus obras y su labor didáctico-profesional, construyeron el corpus principal sobre el que se basa.
Personas hoy en día son universalmente reconocidas y apreciadas por sus aportaciones: C.G. Jung (7) y Roberto Assagioli (8) como precursores, Abraham Maslow y Anthony Sutich (9) como iniciadores específicos de una tendencia que han continuado y desarrollado, desde múltiples e integradoras perspectivas, Ken Wilber (10), Stalisnav Grof (11), Roger Walsh, Rupert Sheldrake (12), Ilya Prigogine y otros muchos.
Stanislav Grof, uno de los pioneros en este campo, incide en un punto que me parece importante por lo clarificador: En él, como la psicología transpersonal recurre –necesariamente- a la interdisciplinaridad porque, para desarrollar sus tesis, se necesita contar con antropólogos, tanatólogos, terapeutas, científicos, psiquiatras, parapsicólogos etc., ya que lo que pretende no es solo una perspectiva sino una “meta-perspectiva” con la que abordar al ser humano y todas sus posibilidades sin querer imponer por ello un determinado sistema de creencias.
Los transpersonales quieren descubrir la relación existente entre los diversos puntos de vista para, precisamente, vislumbrar las posibilidades de transformación del individuo.
La psicología transpersonal se inició hacia los últimos años de la década de los sesenta. El auge de los grupos de encuentro, las experiencias psicodélicas, toda la parafernalia creadora del movimiento “flower children” (hippy) (13) y los movimientos de protesta generalizados (contra la guerra de Vietnam, el mayo del 68, contra la opresión comunista en algunos países del telón de acero), fueron los catalizadores de los que se nutrió. La psicología humanista (14) (la tercera fuerza a la que me refería anteriormente) despegaba contrarrestando al materialismo científico propio del conductismo y al ya casi agotado psicoanálisis.
Se necesitaba una mayor percepción del individuo como persona, como alguien que tiene conciencia, intención, y que desea actualizar todas sus potencialidades creadoras. 
Dentro de esta tercera fuerza o tendencia varios de sus teóricos decidieron explorar, como antes he mencionado, no solo las psicologías ortodoxas sino también, aquellos movimientos o religiones que ponían su énfasis en una determinada trascendencia del individuo y que reclamaban una autorrealización del mismo.
Ya en 1968 Abraham Maslow consideró que la psicología humanista era el camino de la transición más adecuado hacia una forma más elevada de psicología que denominó transpersonal: una psicología no solo centrada en las necesidades y problemas humanos sino que indagase en su relación con el cosmos, que ampliase la percepción de la identidad a terrenos hasta ahora inexplorados.


No se trataba de partir de cero haciendo tabla rasa de todo, sino, más bien, de cuestionar reduccionismos. El conductismo –eficaz sin duda en muchos aspectos- resultaba excesivamente limitado al considerar a los seres humanos como animales condicionados casi totalmente por su medio ambiente (aunque los publicistas se han aprovechado bien de esos estudios para intentar programarnos como si fuéramos “ratas de laboratorio consumidoras”, intentando que nos sintamos bien en nuestra particular jaula-paraíso) (15); el psicoanálisis freudiano, aun reconociendo su gran valor como forma de entender muchos procesos mentales bastante incomprendidos hasta su aparición, se centró en demasía en el estudio de la enfermedad mental ofreciendo una parte patológica digna de estudio pero olvidando la “mitad sana”.
La psicología transpersonal a través de Maslow y también de su colega Anthony Sutich (editor de “Journal of Humanistic Psicology”) pretendía implementar otra perspectiva desde la cual se tuviesen en cuenta diversos estados del ser, la expresión o actualización de meta-necesidades (individuales y de la especie), la auto-trascendencia, la conciencia de unidad, las muy conocidas –aunque solo sean de nombre o como hito- “experiencias cumbre”, el éxtasis, las experiencias místicas, la realización y expresión de las potencialidades trans-personales.
Ellos y otros colegas en la misma línea iniciaron y desarrollaron investigaciones interdisciplinares en este sentido, dentro de determinadas pautas científicas para homologar conclusiones, construyendo el corpus de lo que hoy entendemos como psicología transpersonal. El proceso no fue fácil ni mucho menos unánime ya que era inevitable introducirse en terrenos poco ortodoxos y en mundos todavía no cartografiados salvo por algunos excéntricos (16) y, además -como señalan algunos críticos-, no parecía que los procedimientos habituales de investigación resultasen totalmente válidos ya que no obtenían la misma eficacia de contrastación.
Desde luego es más que probable que el camino de Maslow, Sutich y tantos otros no hubiese sido el mismo sin la trascendencia de algunos predecesores que ya he mencionado, especialmente Carl Gustav Jung, uno de los alumnos destacados de Freud (con el que marcó muy pronto distancia iniciando su peculiar y portentoso camino) y Roberto Assagioli, creador de la llamada psico-síntesis.
Tanto el análisis junguiano como la psico-síntesis se convirtieron en herramientas válidas dentro del desarrollo de la psicoterapia transpersonal. La brevedad de este post no permite, desde luego, mayor detenimiento, pero sugiero al lector interesado un posterior acercamiento a ambos autores porque su obra es de especial relevancia a la hora de atisbar para la psicología caminos más amplios que la mera cura de malestares neuróticos.
De todas formas me gustaría mencionar que Jung consideraba al inconsciente no como una mera “cárcel” de contenidos reprimidos sino como algo en si mismo inteligente y creativo. Además consideraba que el inconsciente conectaba al individuo con lo colectivo y sus estudios sobre la psicología arquetípica son realmente claves.
Baste decir aquí –por relacionarlo con lo transpersonal- que el inconsciente colectivo está, para Jung, por encima, más allá y alrededor de la psiquis individual y, a partir de ahí, crece la psiquis individual (17). En cuanto a Roberto Assagioli hay que decir que discrepo tanto del psicoanálisis como de las tesis de Jung. Consciente de las limitaciones del psicoanálisis (consideraba que tendía a reducir a anhelos infantiles y neuróticos auténticas aspiraciones espirituales) no lo desdeñó completamente porque consideraba que era importante que entendiéramos –dentro de lo posible- nuestro inconsciente y solía aconsejar a los que querían emprender un trabajo espiritual serio que se psicoanalizarán antes. Assagioli fue influido en sus planteamientos por diferentes enseñanzas espirituales, incluyendo el yoga, la teosofía, el budismo y la mística cristiana. Aunque coincidía en algunos planteamientos con Jung, Assagioli consideraba que no hay un solo self, sino, más bien, niveles diferenciados de autorrealización. Según él, para la mayoría de nosotros el “yo” se mimetiza muchas veces con nuestras emociones, pensamientos, deseos, con los roles que asumimos y que construyen varias identidades (18). Si optásemos por desidentificarnos de esos contenidos cambiantes a través de las diversas técnicas de psico-síntesis, podríamos ver que no somos lo que creemos ser. Se trataría de tomar conciencia de una dimensión más profunda del ser, pero preservando, al mismo tiempo, una sensación de identidad.
Desentrañar esa particular mezcla de mente y cuerpo (centauro mitológico), volver a marcar con otros límites la frontera entre nuestro cuerpo-mente buscando el intuido estado de unidad, fue una de las metas de la psicología transpersonal. Por descontado las personas que deciden iniciar una psicoterapia transpersonal lo hacen con unas inquietudes similares a los que se acercan a la psicología a través de otras disciplinas: todos quieren mejorar la manera en que viven. Esas inquietudes pueden incluir desde crisis de identidad, falta de autoestima (tan en boga en estos tiempos), depresión, ansiedades, problemas de convivencia etc. Los terapeutas que intentan resolver estos problemas no desdeñan las técnicas y posibilidades que pueden aportar el psico-análisis, el conductismo o cualquier otra escuela psicológica. La diferencia reside, probablemente, en la perspectiva global del terapeuta. Sutich decía que el terapeuta transpersonal estaba comprometido con un camino espiritual. No sé si, en la actualidad, los transpersonales mantienen pretensiones tan amplias pero creo que en muchos de los que defienden estas tesis -sobre todo aquellos que destacan- hay un compromiso intenso con planteamientos mucho más abarcadores de los que se dan en otras posturas terapéuticas.
Muchas de las investigaciones de la psicología transpersonal han demostrado lo que muchas tradiciones religiosas han mantenido a través de los siglos: que al progresar en el camino espiritual y tomar conciencia del self, nos hacemos no más egoístas y autorreferentes si no más abiertos y desprendidos. Que el hecho de no considerar nuestros dramas personales como las bases sobre la que gira el universo y si nos vamos abriendo sin reservas a los demás, nuestras vidas individuales cobran mayor sentido. Hacen bien en hablar de nuevo de “enfermedades del alma”: ¿Qué ser humano no ha sentido en algún momento de su vida una pavorosa sensación de vacío, una intensa vivencia de sinsentido? La psicología humanista y la psicología transpersonal dan pautas realmente más humanas para la resolución de los problemas a la vez que elevan al hombre hacia el desarrollo de sus posibilidades globales. Como bien indica Maslow, una vez cubiertas las necesidades básicas hay que luchar por satisfacer –y tomar conciencia primero- aquellas otras más espirituales pero igual de necesarias.
-continuará-
Notas.
(1). Los afanes definitorios de los teóricos de la Salud rivalizan en sus intentos de precisión con los de los expertos de cualquier otra materia que pretenda tener un tratamiento como ciencia. 
La precisión es, probablemente, el objetivo primordial –pues de ella se derivarán consecuencias de todo tipo- pero, personalmente, no estoy seguro de que muchos de esos esfuerzos por conseguir una definición válida para la mayoría, no sean más que fallidos conatos de descripción, que no acaban de atinar realmente en el meollo de la cuestión. Este “meollo” exige, necesariamente, partir de un posicionamiento previo y a ahí estriba la principal dificultad. Cuanto más holístico sea el punto de partida mayor será la dificultad para encontrar una definición de salud que sea clara, concisa y precisa. En sentido contrario, los intentos para elaborar una definición escueta, que elimine ambigüedades, adolecen, en general, de reduccionismo ideológico.
Desde luego modelos de análisis sobre un comportamiento saludable (seguramente más analizable que un concepto genérico como salud) hay muchos. En el Seminario de Salud Integral  Universidad de Deusto/Ocio cultural) hemos podido ver el Modelo de creencias sobre la salud (MCS) de Becker y Maiman, (1975); la Teoría de la Acción Razonada (TAR) de Azjen y Fishbein, (1980); la Teoría de la Acción Social (TAS) de Ewart, (1991); y el análisis funcional de la conducta de Rodríguez Marín, (1994).
Definiciones de salud hay tantas como autores que tocan el tema pero, por lo que parece, hay cierto interés en aceptar las pautas de la Organización Mundial de la Salud, ya que su peso específico va creciendo con el tiempo y su labor como coordinadora a nivel internacional revaloriza el uso y sentido de los términos utilizados por dicha organización.
(2). Las circunstancias que en Occidente se han desarrollado poco tienen que ver con las que se dan en otras zonas del planeta. Otras culturas no han integrado todavía las pautas occidentales de previsión y, aunque se habla de derechos de diferentes generaciones y se trata de mundializar criterios, la realidad demuestra que la vivencia de la “jubilación” o el “retiropoco o nada tienen en común cuando se sale de la órbita de la cultura occidental e, incluso dentro de ella, las propuestas de las diferentes tendencias ideológicas difieren enormemente según se trate de planteamientos neoliberales o social-demócratas. Hablar, en estos tiempos de crisis, de “estado del bienestar” para todos parece ser ya más un género literario -que rivaliza con las utopías presentes en todo el siglo XVIII- que una disertación política, con la diferencia de que aquellas utopías estimularon al desarrollo y a la lucha por lo soñado mientras que los derrotistas de hoy en día –más malthussianos que utopistas- se empeñan en no ver mejor mundo que el dejado a la libre mano del sacrosanto mercado.
(3). Abraham Maslow es popularmente conocido entre los aficionados a la psicología por su famosa “pirámide de necesidades” aunque, evidentemente, su obra abarca planteamientos mucho más amplios. Para este trabajo me interesa, precisamente, una parte de su labor que ha sido de lo más criticada: su teoría sobre las meta-necesidades y la autorrealización o autoactualización. Las críticas provienen más por la metodología que por la propuesta. Para muchos una selección, no excesivamente amplia de individuos que él consideraba a priori como autorrealizados, no es una base sólida para el análisis ni para una construcción teórica. Desde mi punto de vista los conocimientos obtenidos posteriormente por otros muchos psicólogos y estudiosos avalan buena parte de sus conclusiones.
(4) Sobre la filosofía perenne: “La noción de filosofía perenne (en latín, philosophia perennis) sugiere la existencia de un conjunto universal de verdades y valores comunes a todos los pueblos y culturas. El término fue usado en primer lugar en el siglo XVI por Agostino Steuco en su libro titulado: De perenni philosophia libri X (1540), en el que la filosofía escolástica es vista como el pináculo de la sabiduría cristiana a la cual todas las demás corrientes filosóficas apuntan de una manera u otra. La idea fue posteriormente asumida por el filósofo y matemático alemán Gottfried Leibniz, quien la usó para designar la filosofía común y eterna que subyace tras todas las religiones y, en particular, tras las corrientes místicas dentro de ellas. Este término fue popularizado de forma más reciente por Aldous Huxley en su libro de 1945: La Filosofía Perenne. La expresión "filosofía perenne" también se ha usado como una traslación del concepto hindú de Sanatana Dharma, la "verdad o norma eterna e inmutable". 
La existencia de una filosofía perenne es el principio fundamental del tradicionalismo, formalizado en los escritos de los pensadores del siglo XX René Guénon y Frithjof Schuon. El erudito y escritor indio Ananda Coomaraswamy, asociado con el tradicionalismo, también escribió extensamente sobre este tema.” 
Referencia obtenida: 
 (5). Aldous Huxley, reconocido escritor (“Un mundo feliz”), fue adalid y “resucitador” de la filosofía perenne con la publicación de su libro con el mismo nombre. 
Me parece interesante –por reflejar el espíritu indagador de este autor- esta referencia: “Pasaron los años y el interés de Huxley en el misticismo fue despuntando cada vez más, hasta el punto de concentrar toda su actividad intelectual en la redacción del libro La filosofía perenne, un compendio de tradiciones espirituales orientales que apuntaban hacia el reencuentro del alma humana en contraposición a la amenaza de alienación que ofrecía la técnica. La vivencia directa de la trascendencia había desaparecido de nuestra desalmada sociedad mecánica, y Huxley se preguntaba si el olvido de esta experiencia no habría sido una pérdida inestimable para el ser humano. Fue a principios de los años 50 cuando Huxley decidió llevar a cabo su primera sesión con mescalina, el alcaloide visionario del peyote. De esta primera experiencia nació el libro Las puertas de la percepción, un ensayo sobre arte y religión destinado a revolucionar la escena americana de los años siguientes. Hasta el mismo momento de su muerte Huxley desplegó una actividad incansable como divulgador de lo que la experiencia psicodélica podría aportar. En su último libro, Isla, describe un mundo sumido en la neurosis de la guerra, en el que un pequeño grupo de personas que habita en una isla conserva la sabiduría de la desvelación del alma. Los pacíficos miembros de esta sociedad tienen por costumbre ingerir unas misteriosas setas en el momento del tránsito, como vehículo para iluminar este trascendente momento de la vida. Huxley fue un firme defensor de que en el momento de la muerte la persona debería tener la mente más clara que en cualquier otro momento de la vida, por lo que rechazaba la administración de opiáceos y aspiraba a la claridad aportada por los psicodélicos. Fiel a su propia profecía, en el momento de su tránsito, Aldous Huxley pidió a su esposa que le administrara 100 mg de LSD, hecho que más tarde fue alabado por E. Jünger como un gesto del más alto valor psico-náutico.”
 (6). Interesante en este sentido el libro del escritor Allen Frances¿Somos todos enfermos mentales?”. En él critica el afán diagnosticador del DSM-5, ya que considera que convierte cualquier vivencia humana en una patología sobre la que actuar médicamente. El DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) pretende ofrecer a los psiquiatras criterios precisos que ordenen el mundo de los trastornos mentales y faciliten su diagnosis. Se ha convertido de esta manera en una especie de “biblia” de la psiquiatría mundial…..pero Frances –y otros antes que él- responsabiliza al DSM por haber fomentado una perniciosa explosión de diagnósticos al ampliar sin base científica el listado de patologías. En el libro repasa la historia de la enferme-dad mental, de la psiquiatría y de la sucesión de modas que van desde el apogeo de la histeria al autismo, pasando por el trastorno de personalidad múltiple, el trastorno bipolar y la ola de abusos en las guarderías. Falsas epidemias según él aunque con lamentables consecuencias para los así diagnosticados. El autor sabe de lo que habla porque él fue miembro del comité encargado de la elaboración del DSM IV. Su afán es liberar a la psiquiatría de sus propios excesos pero esto no le impide culpar de los males expuestos a su profesión, a la industria farmacéutica y, también, aunque en menor medida a una población reacia a sufrir el más mínimo dolor y deseosa de solu-ionar todo con el efecto milagrosa de una pildorita (una…o las que hagan falta).
(7). Carl Gustav Jung, alumno aventajado de Freud del que pronto se distanció. Padre del inconsciente colectivo y de una comprensión más holística de la psicología, fue propiciador de los círculos de Eranos (donde intelectuales de todo tipo deliberaban sobre perspectivas alternativas a las tradicionales) y uno de los psicólogos más comprometidos con la psicología profunda lo que le permitió desarrollar toda la teoría de los arquetipos.
http://es.wikipedia.org/wiki/Carl_Gustav_Jung
Su bibliografía es, literalmente, inmensa, por lo que remito al lector interesado a otras fuentes más adecuadas. En cualquier caso en internet –como se puede ver las referencias aquí mencionadas- hay buena información para no iniciados en las “asperezas” psicológicas. 
(8). Roberto Assagioli fue el creador de la psico-síntesis. 
De la referencia citada extraigo este fragmento: Assagioli dice que la psicosíntesis es: “Una concepción dinámica, se podría decir dramática, de la vida psíquica, como LUCHA entre una multiplicidad de fuerzas rebeldes y en conflicto entre sí, y un centro unificador que tiende a dominarlas, a armonizarlas, para emplearlas en modo útil y creativo... Un conjunto de métodos de acción psicológica orientados a fomentar y promover la integración y la armonía de la personalidad humana... Expresión individual de un principio más amplio, de una ley general de síntesis inter-individual y cósmica” 
(9). Anthony Sutich
 (10)Ken Wilber: 
(11). Stalisnav Grof: 
 (12). Rupert Sheldrake:
(13). Todavía, cuarenta años después, me encuentro con personas que te espetan su “flower power” como consigna de vida (light), probablemente sin asumir la radicalidad que supuso en su momento. La fagotización de la sociedad de consumo hace que cualquier movimiento, protesta o tendencia se convierta en un elemento más de consumo estético, diluyendo de esta manera su poder de trastornar el sistema.
(14). La psicología humanista como caldo de cultivo previo a la aparición, junto con otros fenómenos y circunstancias ya mencionados, de la psicología transpersonal.
 Buena parte de la psicoterapia actual está influenciada por sus planteamientos y métodos.
(15). En este sentido me parece significativa una película de Alain ResnaisMi tío en América” (1980), en donde exploraba las tesis conductistas de Henri Laborit: la supervivencia, la ansiedad, los premios, los castigos como elementos claves de la existencia humana .Tal como si fuéramos ratas de laboratorio.
Interesante, en este sentido, resulta también el libro: “Coerción: Porqué hacemos lo que nos dicen” de Douglas Rushkoff.
(16). Es digno de reseñar en este sentido y de recomendable lectura el libro “Una Historia secreta de la conciencia” de Gary Lachman, en donde el autor hace un recorrido curioso y ameno por las otras “perspectivas” a la hora de enfrentarse con la conciencia humana y los posibles estados de alteración de la misma.
También –aunque más complejo en su exposición y ambicioso en su planteamiento- la obra de Jean GebserOrigen y presente”. El autor intenta demostrar –muy documentalmente- una evolución en la conciencia general de la humanidad, dentro de un proceso evolutivo claro (aunque, desde mi punto de vista, todavía poco demostrable).
(17). La importancia de la construcción de símbolos comunes a todas las culturas la expresó Jung a través de su teoría de los arquetipos del inconsciente colectivo. El héroe, la princesa y otros muchos arquetipos rigen, sin que muchas veces tomemos conciencia, nuestra vida. La “deidad” que rige ese “reino arquetípico” es el SELF. Una fuerza suprema que nos dirige y a la que deberíamos oír, si no controlar, para saber de qué va (a pesar de los obvios peligros para el ego que quiere seguir controlando todo lo que pueda). Para muchos partidarios de esta visión, los sueños, las fantasías, las enfermedades, accidentes y coincidencias se vuelven mensajes en potencia del “compañero invisible” con el que compartimos nuestra vida. Personalmente me cuesta todavía aceptar en profundidad tales planteamientos aunque en muchos aspectos me seduzcan. Recomiendo al lector interesado la lectura de las obras de discípulo o seguidores de Jung que han desarrollado todavía más esta visión, como James Hillmann o Patrik Harpur.
Contrariamente a lo que mantenía la filosofía perenne, Jung pensaba que sería muy peligroso para el ego individual disolverse en el self, pero este es un tema sobre el que todavía no he indagado.
(18) Por cuestión de límites no puedo referirme en este post a las aportaciones de uno de los más destacados representantes de la psicología transpersonal: Ken Wilber. Considerado de forma unánime como uno de los mejores especialistas en estos temas y de imprescindible lectura para todos aquellos que estén interesados en el desarrollo personal y en la autorrealización.